Fratelli tutti es la tercera encíclica del Papa Francisco, donde llama a la humanidad entera a descubrir en el amor una fuerza que debe transformar las relaciones internacionales, la política, la economía y la cultura.
En la introducción, el Pontífice explica que Las cuestiones relacionadas con la fraternidad y la amistad social han estado siempre entre sus preocupaciones, por este motivo, esta encíclica social supone una reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con el reto que suponen la verdadera fraternidad y la amistad social.

En el primer capítulo, el Santo Padre realiza una dura crítica al estado actual de las relaciones internacionales, regionales e interpersonales, lamentando que en la situación mundial resurjan conflictos que se consideraban superados.
Papa Francisco escribe que en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar. Por diversos caminos se niega a otros el derecho a existir y a opinar, y para ello se acude a la estrategia de ridiculizarlos, sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad, sus valores, y de este modo la sociedad se empobrece y se reduce a la prepotencia del más fuerte.

En el segundo capítulo el Papa Francisco ofrece una exégesis contemporánea de la parábola del Buen Samaritano, señala además que cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva, Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos.

El tercer capítulo aborda el poder radical de la caridad como la fuerza capaz de transformar la sociedad humana. Hay un reconocimiento básico esencial para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal: percibir cuánto vale un ser humano, cuánto vale una persona, siempre y en cualquier circunstancia.
El Pontífice propone en el capítulo cuarto una radical transformación, especialmente de parte de las naciones más ricas, de la manera de acoger a los migrantes y refugiados, mediante una política radicalmente distinta a la actual, Los otros son constitutivamente necesarios para la construcción de una vida plena.

Más adelante, el Pontífice examina en el capítulo quinto ampliamente la semántica de los términos «populismo» y «liberalismo», criticando a ambos; y luego explica cómo el amor es una virtud que también debe invadir la política. “Reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías. Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles.” “También en política hay lugar para amar con ternura”.
En el capítulo sexto el Pontífice nos propone hacer realidad la Cultura del Encuentro. El auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos. Desde su identidad, el otro tiene algo para aportar, y es deseable que profundice y exponga su propia posición para que el debate público sea más completo todavía, nos explica el Papa Francisco. En una sociedad pluralista, el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del consenso circunstancial.

Concluye este capítulo explicando que la amabilidad es una liberación de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que los otros también tienen derecho a ser felices.
En el capítulo séptimo el Papa nos habla de caminos de reencuentros para trabajar juntos, donde se unan muchos para buscar puntos comunes en donde ganen todos, trabajando por el bien común desde puntos de vista divergentes.
En el último capítulo, el octavo, el Papa propone que las religiones deben estar al servicio de la fraternidad, Desde nuestra experiencia de fe y desde la sabiduría que ha ido amasándose a lo largo de los siglos, aprendiendo también de nuestras muchas debilidades y caídas, los creyentes de las distintas religiones sabemos que hacer presente a Dios es un bien para nuestras sociedades.
Hay un derecho humano fundamental que no debe ser olvidado en el camino de la fraternidad y de la paz; el de la libertad religiosa para los creyentes de todas las religiones.
Finalmente, el Papa concluye recordando: En aquel encuentro fraterno que recuerdo gozosamente, con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb declaramos —firmemente— que las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre.
La encíclica concluye con una oración universal al Creador y otra oración cristiana ecuménica.
Os animamos a leer la encíclica, Fratelli Tutti.